En el silencio del día que termina
me acomodo en el cotidiano sofá y
me envuelvo en una cobija hilada de
memorias
a las que abrazo y acaricio
tiernamente,
por miedo a que sus detalles e
historias
se deshilvanen de mi mente y
desaparezcan.
las memorias se desprenden y transforman
en chispas que salpican la tarde,
haciendo palidecer el sol que entra por la claraboya,
hasta convertirse en la sustancia misma de los cometas
que incendian mis días sin atardecer
y mis noches grises sin estrellas.
luces polares de esperanza
en un amanecer incierto del futuro por venir,
auguro la nieve y el viento de un invierno corto y sabio,
que se lleve la oscuridad y las tormentas de la fría estación,
y despierte a las cigarras y luciérnagas que duermen bajo la piel de la tierra,
esperando a que florezca en mi pecho, la primavera.